Los que se fueron lejos – Un relato musical diaspórico –

Dos gigantes de Broadway, venerados iconos de la música que ayudó a definir a Estados Unidos en el siglo XX, volvían a cumplimentar gustosamente una amistad de décadas, aprovechando el 77 cumpleaños de uno de ellos, el hijo de un cantor litúrgico de Minsk emigrado, como tantos otros judíos orientales de su generación, en busca de una nueva vida en la que participar del American Dream y sus recompensas, inmateriales y de las otras. Irving Berlin, aquel precoz Israel Balline que, desde sus modestos comienzos como “reparador” de melodías ajenas, terminaría encarnando el alma optimista y sentimental de América con un cancionero simplemente deslumbrante –hablamos del hombre que escribió “White Christmas”, “Alexander’s Ragtime Band”, o “God bless America”-, recibía un poema de felicitación de su viejo camarada y colega Chaim Arluck, conocido para la historia como Harold Arlen, otro hijo de refugiados de los progromos zaristas, y autor, junto a letristas tan dotados como Ted Koehler, Ira Gershwin, Yip Harburg o Johnny Mercer, de algunas de las mejores canciones de todos los tiempos (“Over the rainbow”, “Stormy weather”, “That old black magic”, “Accen-tu-ate the positive”, “Come rain or come shine”, “Blues in the night”; la lista sigue y sigue…).

Arlen, que firmaba con su nombre original pre-Isla de Ellis, añadía una nota en yiddish al final del poema para su amigo, evidenciando la genuina complicidad existente entre ambos, el tipo de vínculo que atraviesa toda una época de asentamiento y consagración del talento hebreo trasplantado desde el Viejo Mundo; una celebración íntima del ingenio compartido por los dos hijos de una sensibilidad cultural que aprendió a sobrevivir desde abajo, llegando a ejercer una influencia capital en la construcción del imaginario colectivo norteamericano y, por extensión, occidental: “Svet gornisht helfin” (“No es útil”), explicaba Arluck/Arlen a Balline/Berlin. Se necesitaba dejar atrás el pasado, atrapar la modernidad y explicarla con pulso artístico fresco, incluso si tu identidad dual era parte básica de la ecuación para el éxito en esta Tierra Prometida de voluntarioso nuevo cuño…

Numerosas historias similares salpican las páginas del imprescindible ‘A Fine Romance: Jewish Songwriters, American Songs’ (Nextbook Schocken), el texto, apasionado y apasionante, con el que el gran David Lehman traza las conexiones psicológicas que definirían esa creatividad musical explosiva que nace en el Tin Pan Alley y los teatros de la Big Apple a principios del siglo anterior, apoyada en una riquísima tradición europea previa, con la que se mantiene una relación ambivalente, entre la nostalgia y la convicción de que es agua pasada a todos los efectos, y la nueva identidad americana asumida con entusiasmo por los compositores, felizmente alimentados con la innovación de un país joven en constante reinvención. Además, se da, por lógica –un ghetto es un ghetto, para nuestra ¿humana? vergüenza-. Un fenómeno sumamente enriquecedor de aproximación a otras manifestaciones paralelas de heterodoxia socio-cultural outsider, específicamente, la negritud urbana de la Era del Jazz, la Ley Seca y el Harlem Renaissance. Una veta tribal de exuberante sofisticación retro-futurista que, con sus ritmos y planteamientos musicales novísimos, fascinó al siempre hambriento de sensaciones sonoras George Gershwin, entre otros muchos afro-semitas, white negros y voodoo chiles honoríficos más: los Klezmatics, de fino olfato para este tipo de cosas, en su día bautizaron a tan glorioso (y continuado hasta la fecha) diálogo como “Rhythm & Jews”. Prueben a pronunciarlo.

La identificación por goleada entre la canción popular americana y la extracción étnica concreta de sus creadores más relevantes (de Jerome Kern a Sammy Cahn, de Rodgers y Hart –o Hammerstein- a Leonard Bernstein, Stephen Sondheim y los cachorros del Brill Building, de Bacharach/David a Goffin/King, y mil más…incluso Kurt Weill pudo escribir unas cuantas obras maestras durante su exilio dorado en Broadway) no era precisamente un secreto, y la sociedad WASP tuvo que tragarse algún sapo que otro, en su acercamiento a una forma artística que se había convertido en un punto caliente de la experiencia judía en el nuevo hogar transoceánico, lejos de los totalitarismos y las periódicas persecuciones anti-semitas. Ni tan siquiera la relación, a menudo llena de aristas, con el mainstream político y socio-económico que tripulaban las élites formadas en la Ivy league y sus querencias manifiestamente judeófobas, iba a poder ocultar el decisivo papel transformador ejercido desde las marquesinas de los teatros y cines, los juke-boxes y los aparatos de radio de esos EE.UU. que tan bien describían con su -elevado, nobilísimo- arte de masas.

Los autores de canciones de aquellos años crearon un modelo de entendimiento y disfrute de la música popular que alcanzaría a ser hegemónico en la América previa al advenimiento del rock & roll, el Big Bang de Elvis y la cultura pop preconizada por Andy Warhol y demás apóstoles de la ironía. Mucho antes, un joven millonario de Indiana –entre cuyos valores humanos sabemos positivamente que no se encontraba la humildad, impostada o real-, aspirante a compositor, playboy y bon vivant de los mejores, se acercó durante un cocktail a Richard Rodgers, que ya era considerado para entonces unos de los patriarcas del teatro musical y primo inter pares de los compositores de su hornada, y le espetó sin más: “Señor Rodgers, me llamo Cole Porter y quiero escribir canciones judías”. La anécdota resume perfectamente el juego de espejos que provocó la aparición desbocada de todos estos grandes talentos diaspóricos, la curiosidad, no siempre bienintencionada, que generaron sus máscaras (involuntarias o no), y la huella, del todo indeleble, con la que marcaron los años de su esplendor artístico al conjunto de la sociedad USA. El eco sigue resonando, para quién lo quiera identificar. Como también lo hacen sus paradójicas enseñanzas sobre la reinvención de la identidad, la formulación de los sueños, y el idioma secreto detrás de las canciones torch más desoladas y tristes. Una (no tan) al azar: “The man that got away”, letra de Ira Gershwin, música de Harold Arlen, en cualquier versión de Judy Garland.

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Sobre Luis Avín Fernández

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